Nunca se me dio bien pedir, ni recibir nada a cambio del silencio. Pero tampoco he sabido gritar, aceptando que las evidencias no necesitan demostración. Si los ojos están abiertos y ven alrededor, las miradas no existen. La fuerza solo viene con la sangre, humana y artificial, que crea lazos que solo entre ellos se entenderán. Me cuesta creer que hay nudos tan sólidos como ellos fuera del círculo y la vida parece darme la razón. Me cuesta aceptar que espero más de lo que me van a alcanzar y que, a pesar de querer el lema nacemos, vivimos y morimos solos algo se niega a que termine de grabarse en mi piel.
Con el tiempo, todo pasa con el tiempo, sudor y trabajo. En realidad me canso del tiempo y de su lentitud y velocidad fugaz, que pasa acelerando la vejez, pudriendo el espíritu. Y me canso de mirar las malditas piezas que no encajan en el puzzle, por mucho que digan que están ahí.
Y sobre todo huelo dónde está el dilema, no mi problema. Es el miedo, volando, enredándonos. Tienes miedo a escuchar las respuestas lúgubres, a escuchar las historias que se abren paso hasta mis entrañas. O tal vez te parezcan realmente patrañas. Puedes seguir en la farsa de que aquí no pasa nada, yo me cambié de página, ya no me escondo detrás de una cortina esperando ver morir las horas, ahora recojo las lágrimas incomprensibles creando un mar en el que aprenderé a nadar.
No me olvido de recordar que estoy rodeado de humanos idénticos. Pero me agota ser invisible, aunque ya empecé el entrenamiento.
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