viernes, 18 de marzo de 2011

De añoranza y sabor

      Hoy hablaré sobre dos cosas muy importantes. Dos tristes asuntos que hacen que me sea difícil, o incluso imposible, conciliar el sueño. Son de esas cosas que te hacen querer gritarle al mundo y llorar desconsoladamente por impotencia, saber que no puedes hacer nada para evitarlo. No hablaré de ningún desastre natural, ni político, ni humano. Hablaré de dos acontecimientos, uno que marcó mi vida hace tiempo y otro que tengo que soportar todos los días que paso en este mundo.

      
      Aquel trágico día era uno cualquiera de un año cualquiera de mi época de universitaria que todavía perdura. Con afán por abandonar, aunque fuera solo por unos instantes, aquella universidad, nos aproximamos al Megapark. Unos minutos, unos estómagos vacíos, y la comida pedida desaparecía en nuestras bocas rápidamente.

Allí me encontraba yo, las manos manchadas con las diversas salsas y el jugo de la carne y los dedos apresando el último pedazo de hamburguesa. El cacho mordido de pan, rodeando la carne tostada y la panceta, salpicadas ambas por colores y sabores que se derretían y se mojaban entre ellos. Yo, hambrienta, apenas satisfecha por el resto ya engullido, lo observaba y absorbía todos sus detalles. La esperanza y los deseos que vendrían con el sabor de ese último bocado que albergaba el de cien o doscientas hamburguesas.

Entonces, tras varias palabras y sonrisas compartidas, llegó el momento. Sabía que se acercaba, mi corazón latía contra la caja torácica y un nerviosismo me envolvía mientras mi cerebro mandaba la orden a los brazos, los cuales comenzaron a levantarse, acercando el resto de hamburguesa a mi boca. El olor grasiento de la carne tostada inundaba mis vías nasales. El momento se aproximaba, lo sentía en todo mi cuerpo.

Pero todo lo bueno tiene un final, en ocasiones, como ésta, prematuro. Si los astros no se alinean, si el destino no lo quiere, si la suerte no te acompaña, si no sabes elegir bien, si tus amigos son demonios disfrazados, todo puede ocurrir, se puede volver en tu contra. Una mano puede cruzar la mesa y, con un movimiento fugaz, arrebatarte tu granito de felicidad, engullirla, mientras tú oyes a tu corazón romperse, “¡tras!”, y no puedes hacer nada. Como a mí me paso aquel día, aquel trágico día.