jueves, 23 de junio de 2011

De duda existencial en duda existencial iba saltando y se me ocurrió una pregunta que hacer, analizando lo que la gente piensa de lo que tristemente escribo si escribo una novela, le pongo fondo negro a la pasta y algo rojo y el prota está muy mazado y pasan cosas malas y hay magreo, seguro que me forro, editoriales llamen al 555-0001: ¿si le dedicara las siguientes 10 entradas a... por poner un mero ejemplo... al sexo y aparece una chica morena en la historia o lo que sea, me imaginaríais a mí como protagonista? Espero que no, me disgusta la idea, parad de hacerlo ¬¬ os veo/leo la mente.

Va, va, que alguien conteste si se pasa.
Besitos~ (Poner cosas tan poco propias de mí me pone la carne de gallina)

lunes, 13 de junio de 2011

Yo también

En el parque se estaba bien. El rectángulo cubierto de arena era blandito, mullido, y podía crear figuras y castillos sin que nadie le dijera que aquello era imposible. Compactaba la arena con sus manitas, un montón, otro poco, con cuidado, dándole forma de torre o tren. Si la noche anterior había llovido y la humedad seguía allí, incluso podía hacerle ventanitas. Eso era lo que más le gustaba. Bueno, eso y que su mamá le trajera una piruleta circular, con el dibujo de una espiral y muchos colores. Aunque con esa felicidad llegaran las quejas de que se iba a ensuciar las braguitas si no se colocaba bien el vestido que se había arrugado y plegado bajo sus piernas cuando, un poco frustrada, lo echaba hacia atrás dejando que los granos de arena le rozaran y arañaran la pálida piel. Unas manos firmes la levantaban y la colocaban bien mientras ella sostenía su piruleta con una mano y con la otra le daba forma a otro poquito de arena mientras concentraba su mirada para que le quedara todo perfecto. La mujer no tenía nunca tono serio cuando la regañaba, sonreía mientras le repetía una y otra vez que una señorita no debía hacer aquello y, tras un tierno beso, volvía al banco donde la aguardaría cuando ella terminara de jugar.  

Siempre seguía la misma rutina los días de verano que pasaba en el barrio después de comer, cuando ningún niño había terminado de echarse la siesta todavía.



Una tarde, en la que el sol brillaba mucho y el calor hacía que gotitas de sudor se mezclaran con la arena y ésta se pegara a sus manos, algo muy molesto, por cierto, ya que le hacía perder la concentración, vino un niño nuevo. Parpadeó varias veces antes de darse cuenta de que una sombra no muy alta impedía que los rayos de sol le quemaran la piel. “Hola.” le dijo una voz suave, baja. “Hola.” contestó ella dulcemente antes de volver a concentrarse en la segunda torre del castillo que estaba haciendo. Lamió la piruleta y le dio forma a uno de los picos que más parecía un triángulo que un cuadrado, ajena a la persona que estaba de pie en frente suyo.

“¡Achíss!” El polvo se le metió en la nariz y ¡plas! la torre que estaba casi terminada se deshizo cuando su brazo se movió sin su permiso. Giró la cabeza hacia el lado por el que se había levantado la arenilla. Se encontró con una carita redonda que la sonreía.  “¡¡Ei!! ¿Por qué me has asustado?” Le dijo, dándole un golpe en el brazo al niño moreno. Los ojos que la miraban se volvieron hacia el castillo y, al ver la construcción semiderruida, el niño se mordió el labio inferior. “Lo siento…” dijo esa vocecilla baja. Apretaba las manos una en contra de la otra, como si no supiera donde ponerlas. Además, la mirada seguía fija en la arena y el labio aprisionado entre los dientes. La niña no pudo enfadarse al ver eso. No es que no pudiera, más bien sentía que no debía hacerlo. “No pasa nada, ahora lo arreglo, no voy a tardar mucho.” Le sonrió extendiendo los dedos y acarició el brazo que antes había golpeado. El niño levantó los ojos y le devolvió la sonrisa, visiblemente muy animado con la idea. “No, no. ¡¡Yo lo hago!!” Y sin darle tiempo a moverse, apoyó una de sus pequeñas manos en la arena y se puso de rodillas. Luego, con toda la meticulosidad y seriedad de un adulto de tres años comenzó a reconstruir lo que se había derruido.


Al día siguiente los dos estuvieron haciendo ¡una ciudad enorme! La niña descubrió que era mejor tener a alguien que la ayudara, así, antes de que los demás niños fueran, ya tenían hechos muchos muchos castillos y casas y habían dibujado habitantes con un palo.



Otra tarde, en la que el cielo estaba blanco por las nubes que habían decidido no dejarle sitio al sol, su mamá le trajo una piruleta de colorines, como siempre. “Me gustan muchíiisimo estos caramelos.” Le dijo a su compañero. “¡Mira! Tiene colorines, como los peces del acuario de la peluquería.” “¿Me das un poco?” Le pidió él. “Claro!” Dijo ella sonriente. Extendió el brazo para acercarle la piruleta y vio cómo él, agarrando su mano con las suyas,  lo atraía más hacia sí y abría la boca para segundos después dar un mordisco con todas sus fuerzas.

Como era de esperar, la piruleta se partió y, a pesar de los intentos de él para coger todos los pedazos, los trozos pegajosos cayeron lentamente. Tampoco ella consiguió  alejar el palo de sus manos y salvar el resto del caramelo. Con todo, la piruleta quedó envuelta en arena y los trozos que se habían salvado en la boca del niño, que miraba con los ojos muy abiertos lo que acababa de ocurrir.

Envolviendo el aire con su manita que conservaba todavía la posición de sujetar la piruleta, los ojos le empezaron a doler. Ya no veía tan bien mientras las lágrimas se le acumulaban en los ojitos. Ahogó un sollozo, luego otro, le siguió uno más fuerte y ese se le escapó de la garganta. Notaba un calor húmedo en las mejillas cada vez más intenso y los sollozos se convertían en llantos a su vez. “Hoy mi pa…” “Hoy mi papá termina de estar ocupado y-y nos vamos…” Con los puños cerrados, se restregó  los ojos. ¡No dejaban de picar!

El niño,  asustado, no entendía nada. Claro, ¿cómo iba a entenderlo? Solo podía pensar en lo rico que estaba el caramelo y que por fin había probado la piruleta. Todas las horas de la siesta había ido a jugar allí a la caja de arena y ella le decía que le gustaban muchíiiiisimo las piruletas, con ese brillo en las pupilas y una sonrisa enorme que le iluminaba toda la cara. Él también quería sentirse así… o saber por qué ella se sentía así. Fue algo instintivo, algo que quería para sí mismo tanto como veía que ella lo quería para sí misma.

De esta manera quedó todo. La última piruleta de aquel verano se deshacía en su boca, saboreándola, mientras la niña del vestido rojo, su amiga, lloraba a su lado con el hipo interrunpiéndole apenas la respiración. Pero él no se sentía culpable del todo. No por el hecho de que tuviera 3 añitos solamente, sino porque ¡ei! había conseguido comer la piruleta.