N: Nada especial, un día aburrido más en clase
Paseaba por encima de las piedras, la goma de los zapatos se hundía y presionaba la planta de sus pies desnudos, en carne viva por el calor acumulado en las jornadas, en la tierra arada de la huerta.
Miraba con el ceño fruncido sus pies, molesta. Levantaba los ojos y enfocaba la esquina de la cuadra debajo de su habitación. Y la de sus cuatro hermanas. Solo se veía el silencio envuelto en olor a estiércol, decorado con puntas de luces al fondo, más allá de la alambrada.
Respiraba tranquila, profundamente, sabiéndose sola fuera de la casa. Salvaba los centímetros que separaban sus manos del suelo inclinándose. Soltaba los cordones que se incrustaban en sus piernas y se quitaba los zapatos. Notaba la libertad, clara pero incierta, cuando el aire cálido de la noche suavizada la piel aprisionada, encallecida, maltratada por las espinas del trabajo constante.
El pedregoso camino en el que se encontraba no le resultaba un gran alivio, pero un paso hacia un lado sustituía la dureza por una alfombra verde que la acariciaba.
Era como la lana de las ovejas antes de hilarla. Limpia y abultada, jugaban en ella a escondidas cuando sus hermanos y sus padres descargaban las alpacas.
Abrían la puerta con cuidado, acción que no evitaba que las bisagras gruñeran de forma estridente, y de una en una entraban con cuidado al pequeño almacén donde se guardaba el material sobre una tela. Se miraban con ojos un poco tímidos, con asomo de ansiedad y la diversión queriendo salir de ellos, y era ella la primera en saltar, seguida de la risa de sus hermanas.
La lana sobre su cuerpo, alguien se lanzaba encima de ella. Reía feliz aunque eso facilitara la entrada de lana en su boca y le dificultara la respiración, hasta que oían el grito de Jaime arreando las mulas, indicando que la paja ya había sido descargada.
Corrían atropeyadamente, enmudeciendo sus risas con las manos sucias, y volvían a sus tareas, con gotitas de sudor en la frente y restos de lana en los cabellos.
Estos breves entretenimientos constituían su libertad, si bien no eran de alta alcurnia, para ellas suponían un soplo de rebeldía en sus vidas.
Arropada por la misma sensación extendía los dedos de los pies, los cerraba entorno a las hojas de hierva. Andaba con pasos largos. La camisa de lino, que hacía las veces de camisón, se levantaba por los muslos cuando estiraba los brazos para mantener el equilibrio. Y sentía su corazón desatado, sus deberes inexistentes, el dolor de sus músculos desaparecido. Sentía aquella libertad, letra por letra, que ignoraba cómo se escribía. Este detalle no carece de relevancia. La definición de esta palabra fue cambiando para ella junto con rebeldía, cuando sílaba tras sílaba se la enseñaron a escribir y surgieron ante ella un día en forma de pensamiento e inconformismo, inquietudes que, en nuestra joven curiosa, provocaron los acontecimientos que dibujaron una vida apasionada.