El final fue peculiar... espeluznante, horriblemente casual y un tanto feliz.
Le susurró a las ramas que dejaran de moverse, "sshh", para escuchar atento más allá de los sonidos audibles. Se limpió los labios con el puño de la sudadera y escupió la mezcla de saliva y sangre que salió de su boca disparada, junto con algún trozo de algún diente roto por el impacto. Las manos magulladas se asían al mango de madera teñido de sudor, gotas resbalando por su cara a su vez por el esfuerzo de mantenerse en pie y correr de un momento a otro.
Oyó la hierba rasgarse, giró la cabeza, otra vez, otro sentido, su cabeza se movió en esa dirección. Los ojos oscilaban, las pupilas dilatadas, la luna llena oculta tras una nube, la oscuridad al descubierto. Sombras por las esquinas que cambiaban de posición una y otra vez, los árboles, los letreros y las cortinas. Y el ruido que no se iba.
La noche iba a ser dura, lo supo desde que salió de la casa con las botas de siempre, los pantalones de siempre, el arma de siempre, la expresión de siempre. Oculto tras el árbol, varias horas después, aguardaba el momento oportuno para salir, levantar el filo y matar, matar, matar. Término erróneo, dicho sea de paso. Era exterminar, erradicar, pero no podía matar algo que ya no tenía vida propiamente dicha.
Tras varios segundos y dos pasos a la derecha se escucho algo caer, como la gelatina cuando se vuelca el molde en el que se encuentra. Dejó de respirar, agarró con más fuerza el la guadaña. Saltó hacia delante en cuanto divisó lo que parecía un brazo, levanto la guadaña y ésta silbó y el hombre percibió un zumbido. La cabeza rodó por el suelo mientras unas piernas seguían su camino tambaleantes antes de derrumbarse en el sitio.
Nunca me mancharé de sangre al menos. Sonrió ante sus palabras. Se apoyó en la guadaña, observando la rápida descomposición del ser que acababa de degollar, cuando sintió un pinchazo, un pequeño toque, un alfiler clavado rápidamente. La palma de la mano aplastó el insecto contra su piel. La apartó, húmeda, pegajosa y con parte del insecto en ella. Lo miró de cerca. El calor que comenzaba a esparcirse por sus venas, un momento más, más calor, las alas, el cascarón, echos añicos en su mano y todo encajó. El zumbido. Su mente reconstruyó los pasos del sonido y lo supo. Sonrió de medio lado de nuevo, tanta ironía cargada en una mancha rosada en su brazo volvía tan absurdo el asunto. Vaya una forma de morir le susurró a los restos de bicho en su brazo. Hablaba de él, del héroe, del final compartido con todos sus predecesores... y se lo decía a su asesino, ya muerto, exterminado, como él lo estaría antes incluso de que la mancha se volviera roja. El veneno corrió, diez segundos, el arma cayó pesadamente, ¡pum!, otro ¡púm!, más fuerte, más humano, la siguió. Al menos no seré uno de ellos, dijo en su última sonrisa.