martes, 30 de agosto de 2011

Y las noches cortadas II

Que mal ha quedado... en fin. Por cierto, que escriba esto es culpa/gracias a Sa jejeje

El final fue peculiar... espeluznante, horriblemente casual y un tanto feliz.

Le susurró a las ramas que dejaran de moverse, "sshh", para escuchar atento más allá de los sonidos audibles. Se limpió los labios con el puño de la sudadera y escupió la mezcla de saliva y sangre que salió de su boca disparada, junto con algún trozo de algún diente roto por el impacto. Las manos magulladas se asían al mango de madera teñido de sudor, gotas resbalando por su cara a su vez por el esfuerzo de mantenerse en pie y correr de un momento a otro.

Oyó la hierba rasgarse, giró la cabeza, otra vez, otro sentido, su cabeza se movió en esa dirección. Los ojos oscilaban, las pupilas dilatadas, la luna llena oculta tras una nube, la oscuridad al descubierto. Sombras por las esquinas que cambiaban de posición una y otra vez, los árboles, los letreros y las cortinas. Y el ruido que no se iba.

La noche iba a ser dura, lo supo desde que salió de la casa con las botas de siempre, los pantalones de siempre, el arma de siempre, la expresión de siempre. Oculto tras el árbol, varias horas después, aguardaba el momento oportuno para salir, levantar el filo y matar, matar, matar. Término erróneo, dicho sea de paso. Era exterminar, erradicar, pero no podía matar algo que ya no tenía vida propiamente dicha.

Tras varios segundos y dos pasos a la derecha se escucho algo caer, como la gelatina cuando se vuelca el molde en el que se encuentra. Dejó de respirar, agarró con más fuerza el la guadaña. Saltó hacia delante en cuanto divisó lo que parecía un brazo, levanto la guadaña y ésta silbó y el hombre percibió un zumbido. La cabeza rodó por el suelo mientras unas piernas seguían su camino tambaleantes antes de derrumbarse en el sitio.
Nunca me mancharé de sangre al menos. Sonrió ante sus palabras. Se apoyó en la guadaña, observando la rápida descomposición del ser que acababa de degollar, cuando sintió un pinchazo, un pequeño toque, un alfiler clavado rápidamente. La palma de la mano aplastó el insecto contra su piel. La apartó, húmeda, pegajosa y con parte del insecto en ella. Lo miró de cerca. El calor que comenzaba a esparcirse por sus venas, un momento más, más calor, las alas, el cascarón, echos añicos en su mano y todo encajó. El zumbido. Su mente reconstruyó los pasos del sonido y lo supo. Sonrió de medio lado de nuevo, tanta ironía cargada en una mancha rosada en su brazo volvía tan absurdo el asunto. Vaya una forma de morir le susurró a los restos de bicho en su brazo. Hablaba de él, del héroe, del final compartido con todos sus predecesores... y se lo decía a su asesino, ya muerto, exterminado, como él lo estaría antes incluso de que la mancha se volviera roja. El veneno corrió, diez segundos, el arma cayó pesadamente, ¡pum!, otro ¡púm!, más fuerte, más humano, la siguió.  Al menos no seré uno de ellos, dijo en su última sonrisa.

lunes, 29 de agosto de 2011

Y las noches cortadas I

Era el hombre de la guadaña. El que acechaba de noche escondido entre los nogales, oculto tras el tronco áspero, viejo, rasgando la cazadora en los movimientos lentos pero precisos que hacía para escapar de las miradas que podrían dirigir hacia el árbol.


En los momentos menos esperados salía de su escondite sin hacer ruido a pesar de las hojas secas del suelo o la hierva húmeda, resbalando las botas con un sonido de plástico roto. Sin prisa, rápido, veloz, con calma, el corazón latiéndole fuertemente, se abalanzaba, cargaba contra lo que hubiera delante suyo. No importaba el tamaño, ni la forma, no podía pensarlo, si lo hacía podía arrepentirse y un fugaz instante de duda lo mataría.

Era algo que tenía muy claro.Tanto como el agua cristalina del pozo común, agujero natural por el que salía el líquido que daba de beber a los pocos que quedaban. Lugar terrorífico entonces, rodeado de hambrientos seres que vagaban entre los árboles con pisadas huecas, cansados y torpes por la fragilidad de sus huesos y la carne podrida que se desprendía. Y era imposible llegar a él, conseguir acercarse, sin ser visto. La mayoría de los que rodeaban el muro circular de piedra lo habían intentado en otro momento y de otra forma. Iban cautos, centenas, juntos, agrupados, seguían las pisadas unos de otros con antorchas, hachas, cuchillos y alguna que otra escopeta, inútiles en estos casos, y se defendían, con uñas y dientes, hasta la muerte, la transformación. Solo él, solamente él había conseguido volver.


Ahora era el hombre de la guadaña. El hombre con un arma absurda que hacía oscilar en el aire y un silbido precedía al desgarro de carne, huesos, cartílagos y médula, un simple pero eterno "crack", en otras palabras.
Luego volvía con hombros altos, la cabeza también. Los oídos alerta con un tíck adquirido con el tiempo, moviendo la cabeza a un lado y a otro, sin parar, escuchando el ruido de la caída del Sol y el posterior silencio casi absoluto.

Ahora era el hombre que esperaba tras la madera húmeda y pasaba el tiempo haciendo la labor de héroe hasta que el destino tradicional de éstos lo alcanzara.
Cortaría cabezas, como aquel jinete de la leyenda, hasta que tuviera que convertirse en uno de ellos, en otro ser sin piel, sin alma, sin ojos, sin vida.

"Crawl from the wreckage one more time
horrific memory twists the mind.
Dark, rugged, cold and hard to turn
path of destruction, feel it burn"

domingo, 21 de agosto de 2011

Porque yo sin ti...

Mil entradas llenaría solo hablando de murciélagos, cerveza, la hierva verde que crece, que no crece, de los mojitos, sangría, el cielo, las cocinas de las casas ajenas, la nocilla, bocadillos de chaca, vosotras, vosotros, algunos especímenes raros, los paseos en coche o andando, clubes, idiomas varios, gatos, barbacoas, familia y familias, historias interminables, cuentos chinos entretenidos, alegrías, lagunas, vasos, cosas de chicas mezcladas con cocacola, nosotros, troncos, hachas, mazas, cuñas y astillas traicioneras, ropa, caminos de Santiago y dormir mucho, los de siempre como siempre y de otra manera.

Pensándolo bien son muchas cosas que contar, otras muchas que pondría si no tuviera tanto sueño, pero todas se unen en una sola palabra, que abarca todo lo que siempre me importará, me hará reír y, en ocasiones, llorar (gravilla mala ¬¬).

SAN MIGUEL DE LOMBA, como dijo aquel niño en el escenario [y Potitos]   :)