domingo, 16 de octubre de 2011

Hogar, dulce hogar

"Pero si no es que no me guste..." más de una vez he empezado así un argumento, de esos que sabes que no convencerán. No me convencen ni a mí, que con tanto énfasis arranco con palabras que creeré que sonarán inteligentes, que serán coherente, formarán una buena razón. Lo cierto es que no, que no me llegan al alma, ni siquiera traspasan el aura de colorines que me rodea.

Vayamos al grano entonces. Sí, sí y sí, Mi pueblo es precioso, sus alrededores, es un sitio agradable donde vivir. Donde tener una casa para meter el culo cuando la ajetreada vida te da un respiro, andar por sus caminos de tierra, cuidando vacas, y saludar a los campesinos que te gritan un "¡Mozá!" alegremente cuando te ven. Sí, lo sé, también es un lugar en el que puedes ver montes desde el balcón sin estirar mucho el cuello. Aunque claro está, todo lo bueno tiene algo malo. Aquí, el punto que contrasta con este maravilloso lugar es un suceso, verán, como eso de que en Halloween las ánimas se dejan ver, las brujas salen de caza, uuuuhh los monstruos, los zombis se despiertan, todos a la vez, todos juntitos a la misma hora durante una noche. En Durango, mi querido pueblo, a un porcentaje de la población de entre 15 y 30 años, números arriba, números abajo, les absorben el cerebro y se vuelven... permítanme carecer de tanto, gilipollas. ¿Cuándo? ¿Por qué? Se preguntarán. La primera pregunta tiene respuesta obvia, dolorosa pero no menos cierta por ello: siempre. Sí amigos, todas las horas de todos los días de todos los años. En cuanto a la segunda, no lo sé, diré, pero me inclino por la explicación más lógica: porque son de donde son.