Ha sonado una versión de "Against all odds" y mi vista ha ido al título que rezaba "Live Aid 85", con Phil Collins con pelo y sonriendo ante su imperceptible error, cosas del puro directo, que hoy en día un retoque de ordenador hubiera cubierto en un instante.
Me he vuelto a transportar al pasado, al sentimiento de añoranza, de mis trece años en los que leyendo, cuando las que se hacían llamar mis amigas buscaban chicos a los que mirar y yo me dedicaba a devorar bibliotecas, descubría entre palabras el título "The evil that men do", del que me enamoré más tarde y para siempre. He retrocedido un poco más, a mis once, escuchando los casetes de Metállica y Queen, posesiones del vecino, y peleándome con los vinilos y la electricidad, que iba y venía, para hacer sonar los primeros pasos de Barricada.
Esa época en la que el inglés era un idioma extraño para mí, pero guitarra tras guitarra y con pioneros como Eric o Jimmy haciéndolas sonar, me llegaban las canciones, descontaminaban mi cerebro lleno con las basuras del momento.
Recuerdo, entre punk y radicales, invertir el poco dinero que poseía para comprar 'This is rock!', mi única manera de vivir entre Black Sabbath y Guns n Roses y distinguir un bajo de una guitarra o descubrir qué eran los discos de una batería.
En aquella etapa descubrí también el significado de "
Sexo, droga y rock 'n' roll", como en 'Vicio' se decía, y que la del medio había causado la decadencia o la muerte de muchos genios que para mí eran recién nacidos todavía.
Con el tiempo he ido descubriendo todo lo que perdí antes de poder encontrarlo. Las melenas alborotadas, con obscenidades y cuero, mezclándose con franjas de leopardo que no me acaban de convencer, me recuerdan ahora a un ambiente viciado y de tabaco que lejos de asquearme me trae tristeza perdida, que apago con mi amor a la cerveza como ellos.
Es un cuento de hadas, del que tuve una pequeña réplica hace poco, aunque sé a ciencia cierta que nunca llegaré a vivir. De todas formas, de un cuento hablamos, ¿no? Donde está la juventud de Axel y Die Toten Hosen, donde Prince y Heart andaban dando guerra tiempo hacía ya, con Meat Loaf, Black Sabbath y Jeff haciendo de las suyas y asombrando al mundo entero mientras Sinead se habría paso en él poco a poco.
Vuelvo al "Live Aid" de 1985, porque todos son demasiados y muchos dignos de mención, quedándome con Sade cantando de verdad y con Bono cuando U2 todavía no había
muerto. Allí, en un festival emitido por la MTV, increible pero cierto, y sus cosas del directo, que eran mayormente fallos humanos o un altavoz defectuoso, no focos, lucecitas, vestuarios exagerados rotos, voces y caras electrónicas o (d)efectos visuales.
Me limito a ese festival en el que podías dormir con las baladas de Bryan Adams o Paul Young, como si estuvieras en casa escuchando el CD, si no fuera por las ovaciones y los gritos del público, o podías disfrutar de un momento orgásmico subiendo al cielo con Led Zeppelin.
"
No me digas que no puedo echar de menos lo que nunca he tenido." Frase extraída directa o imaginariamente de una historia de amor sensacionalista, yo se la dedico a los 80, deseando haber estado allí perdida, mientras nado entre los estilos de hoy en día buscando un corazón de oro como Neil ese mismo año del Live Aid en otro continente, sabiendo que la edad de oro de mi música solo la encontraré en VHS-s remasterizados, convertidos en DVD-s, y en personas que comparten sus aventuras y cuyos ojos brillan al recuperar pasajes que vivieron en su experiencia rockera, que son pasivos, pero no por ello menos reales, en la mía.